A
LA MUERTE DE ESTEBAN PADRÓS DE PALACIOS
Ernesto Maruri
Esteban Padrós de
Palacios (Barcelona, 1925) ha muerto el 5 de diciembre de 2005. Una enfermedad
respiratoria súbita lo atacó cuando se mantenía con buena
salud y trabajando en su consulta de dentista. Seis semanas en la UVI hasta
el último suspiro.
Fue un esplendoroso escritor de cuentos, uno de los grandes desde los años
cincuenta. Con una perseverancia heroica, fue un narrador exclusivo de cuentos:
jamás se precipitó en la tentación de la novela. “El
cuento responde a un especial talento y a una vocación muy particular,
que desdeña ya de entrada toda popularidad”, aseveró.
Con él se ha ejercido la injusticia literaria de ser poco leído
y reconocido. En los últimos años, dos intentos de rescatarlo
fueron el monográfico que le dedicó la revista mallorquina La
bolsa de pipas (nš 27, 2001) y una selección de cuentos traducidos
al catalán (Antología de contes, Barcelona, La Busca, 2002).
Ganó varios premios de cuentos: el “Don Juan Manuel” (1962)
y tres veces el “Hucha de Plata” (1977, 1986, 1990).
Como ilusionado impulsor del género, fue uno de los fundadores y miembro
del jurado del osado “Premio Leopoldo Alas para libros de cuentos literarios”.
Duró 15 años, de 1955 a 1969, y publicaron 40 libros de relatos
en Editorial Rocas.
En aquellos años, él, Enrique Badosa (amigo del alma) y Manuel
Pla definieron el cuento como “un texto preferentemente breve, de contenido
expectante, cuya acción se intensifica y aclara en su mismo desenlace”.
A lo que añade Padrós: “La unidad del cuento depende de
la proporción que existe entre el planteamiento y su final. En el cuento
se producen un flujo y un reflujo rapidísimos. Un flujo que recorre
las playas emocionales e imaginativas del lector: es la corriente que nos
conduce al final. Viene luego un reflujo, nacido de este mismo final, que
invita a nuestro intelecto a recorrer en sentido inverso todo lo leído:
es decir, a meditarlo, a integrarlo, a la luz reveladora de este final. O
sea, que solamente a partir del final halla perfecta aclaración y sentido
todo lo expuesto anteriormente.” Quizá esto mismo, respecto de
la vida, es lo que sintió Padrós en el mutismo forzado y entubado
que vivió durante toda la estancia en la UVI: En las largas horas de
lucidez, a la pregunta de si imaginaba nuevos cuentos, negó con la
cabeza. A la pregunta de si repasaba su vida desde la niñez, asintió.
Padrós defiende el final sorpresa, aunque no siempre. Abomina de la
sorpresa por el huero afán de sorprender. “La sorpresa constituye
la comunicación incisiva de una verdad que no acertábamos a
comprender. (...) La sorpresa final constituye un medio idóneo para
lograr un buen cuento, pero nunca es un fin en sí misma. El verdadero
final del cuento es obtener la unidad intencional, la manera concisa de cerrar
el círculo, de revelarnos algo.” Así y todo, si bien cierra
el círculo del tejido del cuento, Padrós nos deja en numerosas
ocasiones, no con respuestas cerradas, sino con preguntas abiertas. Éstas
provocan que el cuento aletee en nuestras entrañas y acreciente el
saber de la vida, no sin habernos hecho pasar un rato muy divertido. Acostumbraba
a recordar una frase de Chesterton: “Lo divertido no es lo contrario
de serio, sino lo contrario de aburrido”. Y decía: “Escribo
para los amigos. Agradarlos, entretenerlos y obtener su aprobación
es mi estímulo”.
Parte de su obra la componen relatos de intriga y misterio. Son deliciosos
los cuentos en que aplica el sutil bisturí de la realidad y de la lógica
terrenal a los supuestos fenómenos sobrenaturales y a los fantasmas.
Y estremecedoras las narraciones en que se impone la lógica peculiar
de los fantasmas y hechos paranormales.
Además, creó un personaje que resuelve con brillantez y esfuerzo
los más enigmáticos casos: Lorenzo Sánchez-Tello. Así
lo describió: “Un simple comisario de policía. (...) Un
hombre al servicio de la ley. (...) Un obrero de la justicia que cumple con
su obligación de aclarar un crimen. Lo que me importa es su trabajo,
su fatiga, su dedicación, su experiencia, su anónimo desvelo
sin alharacas ni aplausos. La etopeya del hombre común que acepta la
vida como un deber, y a la que entrega lo que puede de su trabajo y de su
amor.” A él dedicó un libro entero, Velatorio para vivos.
Y sus tres últimos libros contienen un cuento del comisario.
Es destacable el humor con que narra, sin olvidar la amargura de algunos relatos.
Reveladora es la cita de Hamlet que antepuso en su primer libro, Aljaba: “Tanto
en lo trágico como en lo cómico”. Leídos sus cuentos
cronológicamente, el humor ha ganado mucho terreno a lo penoso.
Su estilo es de palabra precisa y ajustada, de adjetivaciones y retratos iluminadores,
de diálogos fluidos, de agilidad puesta al servicio de la peripecia,
de ironías perspicaces. Leer su prosa es como dejarse arrastrar por
la corriente de un río, pero sabiendo que sus profundidades esconden
preciados secretos... y que el río desemboca en el inmenso mar de las
revelaciones y los interrogantes.
Publicó siete libros de cuentos: Aljaba (1958), La lumbre y las tinieblas
(1966), Velatorio para vivos (1977), Los que regresan (1991), El gran usurpador
(1996), El pozo de los deseos (1999) y Las extrañas veladas y otros
azares (2002).
Fue un hombre de una generosidad sobresaliente.
8-diciembre-2005